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4   7        diazoliva@diazoliva.es


El espejo tuvo que fundirse en un agua dormida. Penetró en
el silencio de los siglos como si fuera una invisible astucia
y se fue deslizando hacia la calma de este pozo. Asomarse
a su abismo significa tratar de comprender la esencia de
este mundo.
Beber un poco de la sed que esconde bastaría para
sentir eternamente la belleza.
Díaz-Oliva lo sabía. Este fue su último viaje.
Y se detuvo aquí, junto al brocal, para pintar la luz de
todos los reflejos de Una tarde dorada.

Antonio Abad